• Durante la ceremonia del CCVII Aniversario de su Natalicio, el orador oficial, Marco Antonio Landavazo Arias, resaltó la faceta de hombre de ciencia.

La figura política de Melchor Ocampo, tan grande, ha opacado sin embargo su faceta de hombre de ciencia. Ocampo fue un apasionado de las ciencias de la naturaleza, sobre todo de aquellas que tenían que ver con la agronomía y la botánica, la zoología, la geografía, la geología, la astronomía, la física y la lingüística, destacó Marco Antonio Landavazo Arias, Coordinador de la Investigación Científica de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).

Durante la ceremonia del CCVII Aniversario del Natalicio de Don Melchor Ocampo, celebrada esta mañana en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, con la presencia del rector Raúl Cárdenas Navarro, el Secretario General, Pedro Mata Vázquez, el Secretario Académico, Orépani García Rodríguez, el Regente del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo, Miguel Ángeles Hernández, el director de la Facultad, Héctor Chávez Gutiérrez, el orador oficial destacó la faceta de hombre de ciencia, pasión que desarrolló quizá desde sus tiempos de estudiante del Seminario Tridentino y que se afianzó tras la amistad que cultivó con Miguel Bustamante, el organizador del Jardín Botánico de México.

Landavazo Arias apuntó que Melchor Ocampo fue autor de varias e importantes obras y le dedicó a las cactáceas tres estudios, una de ellas la Memoria sobre el género cactus de Linneo o apuntes sobre esta familia de plantas, que leyó el 30 de noviembre de 1843 ante la Sociedad Filoiátrica de México, al ser aceptado como miembro de ella. Estos trabajos de Ocampo sobre los cactus, por cierto, lo convirtieron en el pionero del estudio de las cactáceas mexicanas y lo hicieron figurar entre los primeros expertos en el tema.

Escribió también un par de notas sueltas sobre las orquídeas y el bambú, un par de artículos sobre los jardines antiguos de México, una Memoria remitida a la Sociedad Filoiátrica sobre una nueva especie de Encino. Quercus Mellifera, y algunas notas sobre herbolaria y sobre un remedio para la rabia que envió a los editores del Diario de Gobierno. Tuvo igualmente un gran interés en la lengua y de ahí la escritura de sus Idiotismos hispano-mexicanos, una suerte de diccionario de “palabras que se usan en la República de México como parte del dialecto castellano”. Este texto lo coloca, al decir de sus biógrafos, como un precursor también de esta clase de estudios.

“Hay que decir que Ocampo no cultivaba estas disciplinas por puro diletantismo. Sus conocimientos estuvieron siempre al servicio de su patria grande, México; de su patria chica, Michoacán; y de lo que me gustaría llamar su patria nicolaita, es decir, su amado Colegio de San Nicolás. De hecho, no sólo como científico, también como gobernador, como legislador, como secretario de Estado, como caudillo del partido liberal, como exiliado político, como líder moral, don Melchor siempre tuvo en el horizonte de sus intereses a sus tres patrias. O como lo dijo Narciso Bassols Batalla: la ciencia, para Ocampo, era sólo un instrumento al servicio de las necesidades humanas”, subrayó.

Ese interés científico se expresó durante el proceso de reapertura del Colegio de San Nicolás, cuando impulsó un decreto, aprobado por el Congreso del Estado el 20 de septiembre de 1847, por el que se destinaba el uno por ciento del presupuesto para la instalación en el Colegio de un gabinete, un laboratorio y un jardín botánico que facilitaran la erección de las cátedras de física, química, clínica, agricultura y botánica.

Finalmente, el orador oficial señaló que ha querido recordar esta faceta de Ocampo porque en este terrible año de 2020 que acaba de terminar, una de las muchas cosas que hemos aprendido, o vuelto a aprender quizás, es el valor del conocimiento científico. Ocampo lo sabía, y por eso su labor científica, en todas las disciplinas, desde la jurisprudencia hasta la botánica, estuvo siempre al servicio del país. Estoy persuadido de que la mejor forma de honrar la memoria de nuestro benefactor es aprender de su talento, de su probidad y de su lucidez. Aprender, sobre todo, de su amor invariable por la educación, la ciencia y la cultura. Ojalá que nuestras figuras públicas, sobre todo aquellas que ocupan espacios de decisión, aprendiesen también de ese enorme legado de sabiduría.