María Luisa Díaz Guerra siempre quiso ser enfermera del IMSS. Mientras estudiaba para titularse, buscaba trabajo y su gran oportunidad llegó a finales de enero 2020 cuando México se preparaba para enfrentar lo que pronto sería una emergencia nacional. Luchó contra el covid hasta que éste la venció.

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A finales de diciembre de 2019, en vez de comprar ropa interior roja o amarilla para la suerte en el amor o el dinero, María Luisa Díaz Guerra se compró un suéter verde, como los que usan las enfermeras del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), porque quería entrar a trabajar a esa dependencia.

En abril del 2020, su deseo se cumplió. Sin embargo, la joven de 29 años ya no alcanzó a portar su verdadero uniforme este 6 de enero, Día de la Enfermera.

Mientras estudiaba para presentar su examen de conocimiento general para titularse en la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia de la UNAM, Mary, como le decían de cariño su familia y amigos, buscaba trabajo, pero de ningún lado la llamaban, cuenta en entrevista su hermana Gloria. Había cumplido los requisitos de titulación, entre ellos, su servicio social en el Hospital Materno Infantil en la alcaldía Magdalena Contreras, donde pasó 100 horas en la atención a partos. Por eso quería especializarse en neonatos.

De pequeña, quería ser médico pediatra, pero en su juventud, un primo suyo tuvo un accidente y ella estuvo pendiente de sus cuidados. “Decía que vio cómo la enfermera lo lastimó mucho y le ordenaba ‘aguántate’. Observó que no era muy humanitario el trato y pensó que no se debía tratar mal al paciente para que no se sintiera peor”, dice Gloria.

Entonces, cambió la idea y decidió ser enfermera. “Se convenció de que la enfermería es para los cuidados de los enfermos, darles sus medicamentos, bañarlos y que en un 70% es lo que les ayuda a curarse”.

Hace un año, por estas fechas, un tío suyo, investigador del Centro Médico Nacional Siglo XXI, le contó que había una convocatoria para contratar enfermeras en el IMSS y ella envió su solicitud. Para entonces, en China y Europa el covid-19 ya causaba estragos en la población y en esa institución ya se preparaban para atender lo que pronto sería una emergencia nacional.

A finales de enero del 2020, Mary recibió una llamada de personal del IMSS para que se presentara. “¡Manitas, manitas, miren, me llegó el correo! Nos contó muy emocionada”, recuerda su hermana.

“Pelear a ciegas”

María Luisa fue sometida a exámenes de conocimiento y estudios de salud y fue aceptada para laborar en el SXXI. No sabía si la mandarían al “Área Covid”, pero “estaba muy contenta, muy emocionada; sí estaba algo temerosa, pero se armó de valor” y comenzó a juntar su propio equipo de protección, además del que le darían en el hospital.

Tras varios cursos que realizó vía internet, comenzó a laborar en abril en el área de pacientes con SARsCov-2. Para entonces, en la Ciudad de México la cifra de personas contagiadas y fallecidas iba en aumento.

Al paso de los meses, se acostumbró a no llevar el uniforme en la calle para no ser agredida por la gente, a bañarse al entrar y salir de su turno para evitar cualquier contagio. Le contaba a su familia que estar en la primera línea de atención covid “era cansado porque no comían ni tomaban agua para no contaminar el equipo de protección. Y como no tomaban agua, le dolía el riñón”.

Al paso de los días, reflexionaba con sus hermanas sobre el comportamiento del virus.

“No lograban entenderlo porque había jóvenes sin antecedentes que no la libraban, entraban en paro y morían, mientras que otros con comorbilidades sobrevivían. Decía que era como pelear a ciegas porque no sabían para dónde, pues un medicamento que le funcionaba a un paciente, no les servía a tres más”.

Según su hermana Gloria, pese a esa lucha, Mary nunca pensó en desertar, aunque muchas veces llegaba a casa triste, lloraba por todos los casos que veía, lamentaba que la gente moría sola y en muy poco tiempo.

En un momento, le confesó a su hermana que desarrolló un “miedo a amordazar a los pacientes fallecidos. Le daba pánico, pero era la instrucción en el área de Patología. Decía que imaginaba que la persona iba a despertar y la iba a morder”.

Pero ese miedo desaparecía, agrega, cuando “hacía una oración, les pedía que se fueran tranquilos y les dijera que no estaban solos”. Esa forma de encontrar tranquilidad la desarrolló durante los años en que fue catequista en una comunidad eclesial en la alcaldía Magdalena Contreras.

En ese trajín, el 31 de mayo pasó su cumpleaños 29, pero lo hizo ejerciendo su profesión que tanto amaba. Estaba tan animada que hasta se iba al centro histórico a comprar su equipo de protección adicional e hilaza para tejer “salvaorejas” para cubrebocas que vendía o regalaba entre sus compañeros del hospital.

“Ya estoy cansada”.

El 24 de agosto, “Mary” comentó a su familia y a su novio que se empezaba a sentir mal y tenía dolor de espalda muy fuerte. Una noche marcó 37.5 grados de temperatura, la revisaron en el área Triage, le hicieron la prueba PCR y le tomaron una placa de sus pulmones que, para entonces, “estaban limpios”, y la mandaron a aislarse a su casa con medicamento.

Un par de días después, le dieron el resultado positivo. “Entró como en crisis de ansiedad, llamó a Locatel, gritaba y lloraba muy fuerte, habló como una hora con el psicólogo. Luego la temperatura le subió a 38.5 grados y la noche del domingo ya no podía respirar”, relata Gloria.

La mañana siguiente, su jefa le dijo que se fuera al hospital, que ahí la atenderían sus mismas compañeras con cuidados más especializados. Así lo hizo el 1 de septiembre. Entonces, le tomaron otra placa y los resultados fueron aterradores: daño pulmonar en el 80% de su pulmón izquierdo. Debían intubarla.

“A los tres días, su compañera nos pidió su teléfono celular para estar más en contacto con ella. La tenían boca abajo, con la cadera al aire. Le pusieron un respirador no invasivo y más o menos reaccionaba, pero no lo suficiente”, recuerda su hermana. En el hospital pidieron a su familia conseguir un medicamento más potente que no había en el Instituto y que solo encontraron en Guadalajara.

El viernes 11 de septiembre, luego de rechazar al menos tres veces la intubación, Mary se sinceró con su familia en un chat: “ya me empiezo a sentir cansada, la verdad. No les voy a mentir. Voy a estar sedada. No me va a doler nada. El reporte se lo pueden pedir a la jefa Sofi”. La tarde siguiente, antes de que la sedaran por completo para colocarle el respirador, la joven recibió una videollamada de su familia: “le dijimos que la amábamos. Ella le dijo a mi mamá que no quería que llorara y que nos veíamos en unos días”.

Pasaron 24 horas y no había reacción de mejoría. Su nivel de oxigenación estaba en 40% y tenía solo 10% de probabilidades de sobrevivir, pues ya tenía una falla orgánica de riñones, pulmones y corazón. Su familia y amigos hicieron una cadena de oración por ella.

El lunes 14 de septiembre, a las 10:34 horas, recibieron la noticia que nadie quería escuchar: “Mary ya se fue”. Gloria recuerda: “Sus compañeras querían que supiéramos que hicieron todo por ella, que en ningún momento la dejaron sola. En el hospital la despidieron como héroe y le hicieron una valla camino al área de Patología”.

Pero los primeros días de luto fueron muy difíciles: “al ver a gente sin cubrebocas, pensaba ‘por culpa de gente como tú, mi hermana esta muerta’. Era muy frustrante y triste. Es muy fuerte tener ese sentimiento de coraje al ver que la gente es inconsciente y que, por ellos, está muriendo mucho personal de salud”.

El pasado 2 de septiembre, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) alertó de que México y Estados Unidos concentraban 85% de todas las muertes registradas entre personal sanitario por covid-19 en el continente americano. Un día después, la organización Amnistía Internacional (AI) colocó a México a la cabeza del ránking mundial con mil 320 trabajadores de la salud  fallecidos.

Vida prestada.

Como en miles de despedidas en tiempos de la pandemia de covid-19, la de “Mary” fue mediante la plataforma Zoom, donde sus familiares y amigos pudieron ver su foto rodeada de girasoles, sus flores favoritas, acompañada de oraciones y cantos.

Rosa Guerra, su madre, asegura que Dios le “prestó” a su hija 27 años más. Y es que, cuando ésta tenía dos años, se cayó de las escaleras de un segundo piso y se pegó en el lado izquierdo de la cabeza. De inmediato, sus padres la llevaron al centro de salud.

“Caminaba como chueca y se le salía la babita”, rememora Gloria. Ahí la vieron y la enviaron de emergencia al hospital Materno Infantil -al mismo donde años después hizo su servicio social-, pero en el camino comenzó a convulsionar. La trasladaron helicóptero a un hospital especializado en menores.

El pronóstico no era nada alentador. Los médicos les dijeron a sus padres que la niña podía quedar sorda, muda o con algún retraso físico o mental. Entonces, Rosa y Luis Díaz hicieron la promesa a su Dios de que, si la pequeña salía bien de ese accidente, ellos dedicarían su vida a dar servicio en su comunidad y en trabajo parroquial. Y así fue, mientras que María Luisa y Gloria optaron por ser catequistas.

Antes de entrar al IMSS, Mary tenía muchos planes: titularse, ayudar en la remodelación de la casa de sus padres, casarse con Mauricio Torres, su novio desde hacía siete años, trabajar dos años más, ahorrar dinero y tener un bebé.

Pero había un plan a corto plazo entre ella y sus dos hermanas más grandes: hacerse un mismo tatuaje antes de terminar el año. El pasado 9 de diciembre, Gloria y Xóchitl cumplieron el pacto y se tatuaron tres niñas de espaldas. La de la derecha es Mary y se distingue por tener unas alas de mariposa, pues siempre le sorprendió la metamorfosis de ese insecto. Al salir del estudio de tatuaje, las dos hermanas observaron a su paso, una mariposa volando a su alrededor.